19 de septiembre de 2007

El sitio al que volver

Creo que uno de los mayores tesoros, es encontrar un sitio al que siempre puedas volver... quizá llevándole un poco la contraria al Sr. Sabina... cuando afirmaba aquello de que a los sitios que has sido feliz, no debieras tratar de volver... yo soy partidaria de no olvidar nunca el camino de regreso...



Yo tengo mi rincón... cualquiera que me conozca un poco, me habrá oido hablar de él... no aparece en demasiados mapas, es un pequeño charquito venido a más... mi charquito de estrellas... la mitad de mi vida, ha pasado cerca de sus orillas...y a menudo, en mi arrogancia, o en mi insensatez, soy capaz de afirmar, que gran parte le hice yo... por eso, no termina de ser agua dulce... sino que tiene algún tinte salado...



Es el sitio perfecto al que volver cuando el mundo lanza mordiscos... cuando el gris parece que nos va ganando terreno, o las ganas no terminan de acudir al rescate... entonces escapo de este Madrid frenético y estresado, y busco su aire fresco, su paciencia, sus grandes ojos color turquesa...


Es el lugar en el que necesito estallar mi alegría... cuando siento que no me cabe, cuando creo que se me escapará por los costados del alma, por las comisuras de los labios, por los lunares de mi espalda... entonces, también, necesito perderme en sus paisajes, en el sonido que el aire provoca al acariciar su orilla...


Quizá sea mi mapa del tesoro, la X en un delirante rompecabezas... el mío... a menudo tengo la sensación de ser absurda, o simplemente peculiar... a menudo, me gusta esa sensación...
El primer amor, fue en sus orillas... mi adolescencia, creció en sus paisajes... perdí la cuenta de las veces que sentada en aquella arena, encontré respuestas, o simplemente la pregunta correcta...
El tiempo ha pasado, no se si nos cambió... no sé si hoy en día, Peter Pan se asustaría si viniera una noche en mi busca... pero es que tampoco sé si vendrá, o si ya vino y a mi se me escapó de entre los dedos... seguimos cumpliendo años... siempre más que promesas... pero él sigue ahí, impasible, esperando y contando los días... quizá, soy yo la que los cuenta... porque en sus brazos, pierdo los disfraces, esos que normalmente pesan tanto, los que a duras penas consigo mantener en alto...
En conclusión... os presento mi refugio, mi castillo de arena sin muros de contención ni puertas... sólo tiene una gran ventana turquesa, que siempre mira al cielo, y yo cuando estoy cerca, siento que incluso, podría tocarlo....



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